Miércoles, 11 de julio de 2007
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La decisión de Musharraf
DIGA lo que diga el jefe de los rebeldes atrincherados en la Mezquita Roja de Islamabad y su escuela coránica aledaña, su eventual martirio y el de los suyos no hará estallar la prometida 'revolución islámica': Islamabad no es el Waziristan y el paquistaní medio que vive allí no favorece la versión de la moral pública de los talibán ni una visión rigorista del islam.

Después de pensárselo mucho para evitar males mayores, el general Musharraf autorizó en la madrugada del martes el asalto al recinto y ni siquiera a la hora de escribir este artículo hay un recuento definitivo de muertos, heridos, capturados o huidos, pero es un hecho que el asedio terminó después de nueve días de película.

En efecto, lo sucedido supera a un guión de película de acción: envalentonados por la (aparente) inacción de las autoridades y jaleados por la poderosa corriente islamista y anti-norteamericana mayoritaria en ciertas áreas del país, los hermanos Ghazi, clérigos y agitadores políticos, uno muerto y otro capturado, decidieron oponerse a la entrada de la autoridad, tomaron por rehenes o aliados, nunca se sabrá del todo, a cientos de estudiantes de los dos sexos y lanzaron un insólito desafío al poder.

El general-presidente, Pervez Musharraf, vaciló lógicamente antes de autorizar el asalto y dio el lunes una última oportunidad a un ensayo de mediación a cargo de ulemas moderados que parecía aproximarse a una salida negociada. Pero al amanecer del martes todo cambió (según algunas versiones porque oficiales en activo rechazaron nuevas concesiones y vieron el episodio como un ejemplo a explotar en varios órdenes) y comandos especiales del bien entrenado ejército pasaron a la acción.

Está claro, más allá del río de sangre inútil vertida de nuevo, que la acción puesta en marcha por los hermanos Ghazi es de una incomprensible inepcia política. Cualquier observador modesto sabe que el agua en la capital, Islamabad, no da para alojar a un pez integrista como el del modelo propuesto: martirio idealista, integrismo dogmático, conducta pública con normas tasadas y otras lindezas que la gente, sencillamente, no desea.

Los islamistas hostiles al régimen son poco menos que intocables en la Provincia del Noroeste. Y el Gobierno hace allí, donde el agua y el pez se complementan, la vista gorda. Fuera de la vasta región no puede aceptar que activistas armados campen por sus respetos. Musharraf tiene muchos problemas, por ejemplo con la antigua oposición civil, pero lo sucedido en la Mezquita Roja no le hace correr un grave riesgo adicional.

 
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