O perros de noche, que no sé si es igual, porque ya van unas cuantas mañanas que no está uno para hipérbaton ni sintaxis. Está sólo para andar dando cabezadas por ahí para tratar de despejar la niebla de su mente aprovechando el escaso tiempo de silencio que guardan los perros de algún vecino. Hay que ver que ladran los malditos, sobre todo de noche. Si es que parecen tertulianos en un programa de esos del corazón. Se crecen en la hora bruja, chillan, aúllan, recorren toda la escala diatónica, se ajustan en octavas perfectas, se responden entre sí en la tonalidad mayor y menor, y uno, en su insomnio, se pasa las horas pensando en lo listos que son los chinos, que se los comen. 'Perro en la cazuela no ladra'. Cultura milenaria.
Las largas horas de la noche dan para todo, hasta para caer en hondas filosofías sobre la ubicación ideal de esta especie. Y así uno evoca las lejanas tundras siberianas, donde los huskies deben de ser los animales más felices del mundo, o a los mastines correteando por las solitarias parameras sin más compañía que la del viento y las ovejas, o a la perra Laika en el espacio ladrando a las estrellas, que esas tienen el aguante de la eternidad y no como nosotros, pobres mortales que precisamos del sueño para poder vivir. Cosas de la noche, que hace crear fantasías sobre paraísos idílicos; ensoñaciones de una mente bienintencionada que un nuevo ataque de ladridos desbarató sin piedad. Pero no me digan que uno no tiene buena voluntad con los benditos animales.
Pero hombre, si yo no tengo nada contra los distinguidos miembros de la raza canina. Si lloré de niño viendo 'Fiel amigo', si me monté aventuras imaginándome perdido en la nieve y viendo cómo un valeroso San Bernardo venía con su pequeño barrilete a rescatarme, si hasta Pluto me parece un héroe. Los de la policía son nuestros guardianes, los lazarillos unos ángeles de la guarda, los caniches y chihuahuas tienen su aquel y hasta el terrible can Cerbero ejercía su función con toda nobleza. Nada, no tengo nada contra los perros. He llegado a la desalentadora conclusión de que contra quien tengo algo es contra sus dueños. No contra todos, por supuesto; sólo contra algunos.
Ya puesto a aprovechar la prolongación del día que se le brindaba como un regalo de esos que no pueden dejar de aceptarse, y sólo por complacerse con algo, a uno le dio por imaginar el gesto que pondría el dueño de los tales chuchos si le dijera que la Audiencia de Barcelona acaba de condenar al propietario de otros perros alborotadores a indemnizar a sus vecinos con 5.271 euros porque no les dejaban dormir. La sentencia añade que eso les impedía llevar una vida normal porque acumulaban mucho cansancio, y no me extraña; a ver quién puede mantener las neuronas medianamente ordenadas después de unas cuantas noches de conciertos perrunos. Eso, a ver quién lo soporta sin hacer aflorar instintos primitivos. Bien esta vez por la Justicia.