Un buen amigo, y mejor deportista, me contaba un caso curioso que le sucedió hace unos días después de recoger los resultados del análisis clínico completo que todos los años se hace. Cuando el médico le dijo que estaba como un chaval (tenía 120 de colesterol malo, un PSA de 1,5 y 40 de triglicéridos), salió de la consulta en estado de ingravidez como los espíritus y, con paso atlético, se dispuso a coger el autobús. De un salto, se plantó delante de la bandeja ciudadana y se quedó de pie al lado de la ventana apoyando los codos en la barandilla protectora sacando pecho. Delante de él estaba sentada una señora rubia bien peinada y maquillada que le regaló una enigmática sonrisa a lo Gioconda. Ante tal manifestación, y con su atesorada euforia, se le soltó la líbido y le correspondió con una mueca a lo Clark Gable. Cuando todo parecía que llevaba un camino propicio para, por lo menos, entablar conversación, la señora se levanta desplazando un aire perfumado y le espeta a mi amigo: «señor, si quiere puede sentarse, pues yo me apeo en la próxima».
Mi amigo volvió a la realidad y recordó lo que decía aquel filósofo cuando una chica joven se cruzaba por la calle con una persona de avanzada edad (éste ya no cumple los 70): «La chica no es que no te mire. Es que no te ve».
La recomendación que sus amigos le hicimos es que se cuide un poco menos para que en el próximo análisis los resultados salgan acordes con su edad y, de esta forma, pueda combatir el exceso de optimismo. Porque por todos es conocido aquello de «también vive de ilusiones ».