LA inusual asistencia de un jefe de Estado a la reunión ordinaria que el Eurogrupo mantuvo el pasado lunes en Bruselas hizo que Nicolas Sarkozy pudiera dejar más patente su doble propuesta: flexibilizar las exigencias del Pacto de Estabilidad a cambio de que Francia proceda a reformas que orienten a la baja su déficit público y supervisar desde el ámbito político de la Unión la política monetaria que vaya adoptando el Banco Central Europeo. La devaluación del dólar frente al euro afecta especialmente a aquellas economías que pivotan en torno a las exportaciones hacia el área del dólar. Es por ello que Sarkozy desearía poder intervenir sobre el mercado de divisas para asegurarse un determinado ritmo de crecimiento de la economía francesa, independientemente de cómo vaya la balanza comercial del resto de los países europeos. Lo cual podría ser emulado por otros socios y acabar desmontando uno de los logros capitales de la zona euro. Pero resultaba igual de inquietante el anuncio de que el presidente francés pretendía obtener una cláusula de excepcionalidad para retardar de 2010 a 2012 el cumplimiento de los compromisos contraídos sobre el grado de endeudamiento y el nivel admisible de déficit público para Francia. Los ministros de economía del Eurogrupo y la propia Comisión optaron por realzar el compromiso reformador de Sarkozy -en línea con el sentido más profundo del Pacto de Estabilidad- frente al indisimulado deseo del presidente francés de contar con un amplio margen presupuestario durante su mandato. Pero sería preocupante que el intento protagonizado por el nuevo inquilino del Elíseo para retocar las reglas financieras comunes sea reiterado o suscite comportamientos análogos por parte de otros países que, como Italia o los miembros más recientes de la Unión, arrastran dificultades en sus respectivas cuentas públicas.