Miércoles, 11 de julio de 2007
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OPINIÓN

OPINIÓN EDITORIAL
Freno a la sharia
EL Gobierno paquistaní decidió finalmente acabar por la fuerza con el intento de radicales musulmanes de alimentar una insurrección local en Islamabad, la capital de Pakistán, en una campaña de excitación político-religiosa azuzada desde la influyente Mezquita Roja y sus escuelas coránicas aledañas. El cerco militar impuesto desde hace ocho días terminó con el asalto al recinto con el lamentable resultado de decenas de muertos, entre ellos, el principal instigador Abdul Rashid Ghazi. Su iniciativa trataba de aparecer como una especie de motín de clérigos y estudiantes de las madrassas integristas, adeptos a un islam rigorista. Los hermanos Ghazi pretendían convertir su eventual martirio y la de los cientos de personas que retenían dentro de la citada mezquita en una chispa que debía encender la llama de la revolución islámica. Pero los ciudadanos de Islamabad se han inclinado más del lado de la conducta oficial, mostrando su indisposición a secundar lo que era un ensayo de talibanización del país.

Los promotores de tan trágica empresa erraron desde un principio al tratar de recrear en Islamabad el clima que se vive a diario en la Provincia del Noroeste, un baluarte tribal, integrista y pro-talibán donde Al-Qaida dispone de amplia cobertura. De ahí que comenzaran su intento de revuelta allá por el mes de abril mediante discursos incendiarios, provocaciones y la paulatina llegada de yihadistas extranjeros. Todos los gobiernos paquistaníes han tenido que afrontar como inevitable lo que sucede en Waziristán, un biotopo para el terrorismo islamista. Pero ninguno habría aceptado su extensión al resto del país.

Bajo la doble presión de una parte de su opinión pública y de los intereses norteamericanos en la zona, el presidente Musharraf ha perseverado durante todo su mandato en una especie de vía intermedia, que por un lado ofrece réditos en el combate contra los socios locales de Al-Qaida y por el otro trata de mantener los difíciles equilibrios que se dan en Paquistán con actitudes permisivas hacia determinadas manifestaciones del fundamentalismo. Pero esta vez los predicadores del fanatismo no le dejaron margen ni siquiera para la ambigüedad, porque osaron traspasar el área geográfica en la que son tolerados bajo vigilancia. Tratar de imponer la sharia en Islamabad, una ciudad nueva cuyos habitantes no aceptarían una teocracia paraterrorista, era ya demasiado. La mezquita y sus instalaciones se hallan muy cerca del parlamento, de la sede del gobierno y del cuartel general de las poderosas Fuerzas Armadas. El recurso a la fuerza, indeseable en sí mismo, se hizo inevitable y será difícil que Musharraf tenga que pagar su decisión en forma de desgaste político.

 
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