AUNQUE suene a tópico equiparable a los de Cáncer y Capricornio, lo cierto es que mi idolatrada suegra habla hasta por los codos. ¿Que a ustedes les importa un bledo, porque bastante tienen con lo suyo?... Lo comprendo, pero hay que ser un poco solidarios, hombre. Además, a alguien tengo que contarle las cuitas, sobre todo ahora que mi siquiatra de cabecera, el nipón Sukoko Taduro, se halla de vacaciones en su tierra natal. Y ya que hablo de vacaciones, les cuento ya que las de un servidor serán en un cámping de la costa almeriense, hasta donde viajaremos la familia al completo: señora, cuatro churumbeles, un chucho siete leches y, sobre todo, mi muy queridísima mamá política, que es precisamente a donde quería llegar hoy a fin de que se solidaricen piadosamente durante unos instantes mientras se imaginan lo que significará conducir durante más de 1.000 kilómetros con una quejicosa que, cual cotorra, habla sin ton ni son.
Mucho me temo que cualquier día vaya a sucedernos lo reflejado en un relato de Max Aub que me permití adaptar a mis circunstancias:
«Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga a hablar. Yo soy un tipo pacífico. Pero aquella gorda no hacía más que hablar y hablar, y hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. Si le recriminaba su verbosidad, amenazaba con echarme mal de ojo, la muy bruja. Hablaba hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro».
Claro que antes de llegar a tales extremos, procuraré poner coto a sus desmanes verbales con referencias paremiológicas perfectamente inteligibles. Por ejemplo, con este par:
«Dos orejas y una sola boca tenemos, para que oigamos más que hablemos».
«Oveja que bala, bocado que pierde».
Pero también temo que la muy ladina pueda devolverme la pelota con una jugada verbal tal que así:
«Quien mucho habla mucho yerra, pero en algo acierta».
Y, claro, siempre acierta al insistir en mi inutilidad.
Ahí me duele.