SIN pisar Galway, ni Merrion Square o el Teatro Abbey, el Teatro Nacional, en Dublín, sin tan siquiera seguir los pasos de las aliteraciones sobre el verso inglés, ni definir símbolos ni hallar metáforas, podemos adentrarnos en el «dejo» que diría otro poeta, Juan Ramón, y sumergirnos directamente en el universo de Yeats, universo léxico, universo de la naturaleza, la literatura misma, la realidad y lo sobrenatural, los mitos de lo antiguo, lo moderno en la Irlanda de principios del siglo veinte, lo actual de lo que ahora es ya, y siempre será, futuro.
William Butler Yeats se desenvuelve entre la naturaleza, los sentimientos, las palabras y los sonidos, los movimientos o el deambular de las personas entre lo real y lo onírico. La naturaleza está viva; y a su lado los sentimientos, y no siempre las personas, sino la vuelta a una personificación de lo natural, sea agua, tristeza o palabra, ya sea de Galway o la antigua Grecia, 'Leda y el Cisne', la historia, 'Coole Park, 1929', que es la historia de Irlanda y de la humanidad. Es la añoranza de un mundo que no existe ya, pero que se crea o recrea hasta en los mitos y las leyendas, y en los difíciles momentos que atravesaba una Irlanda por renacer a finales del XIX, principios del XX.
Teatro, 'La Condesa Catalina', ensayo, poesía, 'Encrucijadas', 'La Rosa', pero sobre lo demás su poesía que lo rodea todo como uno de sus whirls, torbellinos, que llevan a ese universo propio, a través de la personal traducción de Juan Ramón, que encuentra en Yeats pilar para la poesía desnuda, y es que ambos poetas comparten etapa simbolista, o de otros traductores o poetas, desde la aproximación a la literalidad de E. Caracciolo, hasta la libertad creadora de Lázaro Ros o Víctor Botas, pero siempre pasando por Juan Ramón para llegar al verdadero Yeats.
«Vosotros que me juzgaréis, no juzguéis solamente/ este libro o aquel, venid a este lugar sagrado/ donde los retratos de mis amigos cuelgan... la historia de Irlanda está en esos rasgos;/ pensad dónde la gloria del hombre comienza y termina,/ y decid que mi gloria fue tener tales amigos». Y tantos lectores cuantos lleguen a sus palabras, traducidas o no. Porque, «Sólo las palabras son un bien verdadero».