Sábado, 14 de julio de 2007
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VERANO

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El verano de 'Les minches'
Cuantos más años pasan, más difícil me resulta diferenciar unos veranos de otros. Parece
El verano de 'Les minches'
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Vicente García Oliva

Nació en Gijón en 1944 y es una de las firmas más reconocidas de la literatura infantil y juvenil en llingua asturiana y en castellano. Hace unos días fue distinguido con el Premio de la Comisión Católica para la Infancia, con sede en Ginebra, por su novela 'Relato de las aventuras de Inés Saldaña y de cómo ayudó a Colón a descubrir América'.

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Vivir el verano Aquel verano de 1964 que con el discurrir del tiempo todos los veranos se convierten en uno solo, largo y caluroso, prescindiendo de que estamos en Xixón y aquí ninguno es, realmente, largo y caluroso. Hablar de verano es hablar de 'la 49-C'. No se trata del nombre en clave de ninguna espía soviética. La 49-C era la caseta que, año tras año, mis padres alquilaban al famosísimo Patricio Chacón, virrey de la playa, y personaje envidiado por todos los de nuestra pandilla. En efecto, todos soñábamos con pasar esos tres meses estivales, lejos de libros y apuntes que por nuestra mala cabeza teníamos que estudiar, sentados en una cómoda silla y tomando el bronce-hollywood. Nunca supimos qué complicadas oposiciones habría tenido que sacar el montador de casetas, para gozar de tan buen puesto de trabajo. Y conste que intentamos averiguarlo. La 49-C vio, durante muchos años, las idas y venidas de aquel grupo de amigos/as que, bajo su cuerpo anaranjado y su toldo verde, nos aconceyábamos en torno a ella para charlar, discutir y hacer planes: Marta, Rosi, Chiti, Alfredo, Yano, Pedro, mi hermano Antonio, Juanín Nombres todavía muy lejanos al de estas Vanessas y estos Jonathanes que ahora pueblan el nuevo 'santoral'.

Aunque, en efecto, me es muy difícil diferenciar unos años de otros, dentro de esa línea continua que fue aquel tiempo pretérito, puedo distinguir con total nitidez la correspondiente al verano de 1964. Y es que aquel fue, para mí, un verano muy especial. Para empezar yo cambiaba de década. Es decir, pasaba de mis inocentes 19 años (en realidad nunca fui inocente del todo, pero bueno ) a esa otra década, seria y adulta, en la que ya te espera la carrera, el final de la carrera, el trabajo, el matrimonio, los hijos Algo que con 19 añinos ves con terror y rocea. Dejas de ser un 'chaval' y se te exige que te conviertas en un señor serio. Vamos, para echarse a temblar. En junio de ese 1964, había finalizado mis estudios de Profesor Mercantil en la, hoy ya antigua, Escuela de Comercio y en setiembre me iba a Bilbao a cursar Económicas, algo nuevo, no sólo en mi vida, sino también en los planes de estudio de la época.Pero, además de por esas circunstancias personales, recuerdo perfectamente aquel verano porque, sin duda fue, el verano de 'les minches'.

Hablé antes de 'la pandilla', pero quiero aclarar que a ese nombre respondía un grupo humano variopinto y cambiable, al que se sumaban o restaban elementos a cada verano que pasaba. Con un núcleo más o menos fijo, los antes citados y alguno más, de año en año se añadían, por estas fechas, primos, amigos, sobrinos o cuñados, tanto en su vertiente masculina como en la femenina.'Les minches' tenían algún lejano parentesco con uno de los miembros de esa alegre secta que formábamos y, por ello, pasaron a ser miembros de número de la misma. Eran dos hermanas gallegas que, con el tono guasón que nos caracterizaba, fueron así bautizadas tras su primer acercamiento gastronómico: entre el 'taperío' que consumimos aquel día, había un rico (para el que le guste) platín de bígaros. Ellas se pusieron muy contentas porque, según dijeron, les gustaban «mucho las minchas», nombre que en su tierra (y como descubrimos luego, en parte de Asturies), daban a ese molusco también llamado «caracolillo de mar». Y de ese sencillo modo, quedaron ambas bautizadas con el genérico nombre de 'les minches', siendo el específico de cada una «la mincha grande» y «la mincha pequeña». La verdad es que tampoco nos rompimos demasiado la cabeza.

Tengo que confesar a continuación que yo me enamoré perdidamente de 'la mincha pequeña', que tenía por denominación de origen María Pilar, y por nombre de guerra Mapi. Creo sinceramente que el amor no era correspondido, pero a mí aquello me parecía lo de menos. Yo estaba enamorado.Aunque aquél no era mi primer amor de verano (qué menos que un amor por estación), me sacudió con enorme agitación. El momento culminante de nuestra relación correspondió al día del Descenso del Sella (el día del Sella, lo llamábamos) en que pude cogerle la mano casi todo el día y, a la vuelta, con el agotamiento y las emociones de la jornada, ella vino en el autobús con la cabeza apoyada en mi hombro. Estuve todo el viaje sin mover ni un músculo de mi cuerpo, no fuera a despertarla y cambiar de postura, lo que, a su vez, me produjo un dolor cervical que me duró una semana. Pero qué era eso comparado con el hecho de llevar su perfume en mi ropa, hasta que mi madre me llamó una cosa fea y me echó la camisa a lavar.

Sólo ese verano estuvieron 'les minches' con nosotros. Yo, en un esfuerzo desesperado de prorrogar aquel etéreo romance, fui meses después a visitarla a su tierra en un viaje Bilbao-Ferrol, con parada en Venta de Baños, que sería digno de las mayores epopeyas. Pero la suerte ya estaba echada. Por algún oscuro designio del Destino (con mayúscula) sus padres nunca volvieron a mandarlas a nuestra hospitalaria tierra. Y así aquel amor pleno, aunque unilateral, vio truncado su futuro hasta el verano siguiente en que (¿oh inconstante naturaleza humana!) fue sustituido por otro de parecidas características.

En cualquier caso, y pese al inevitable paso del tiempo, nunca olvidaré aquel nuevo, maravilloso y expectante verano de 1964: el verano de 'les minches'.

 
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