«Desde ayer se han comenzado con gran impulso las obras del Muro de San Lorenzo, dándose, al efecto, ocupación a buen número de braceros». El 4 de junio de 1907, EL COMERCIO informaba del inicio de unos trabajos a los que nadie daba en aquel momento la importancia que ahora tienen. De hecho, muchos dudaban incluso sobre su finalización. Pero se han cumplido cien años de aquello, y el Muro se ha convertido en todo un símbolo para la ciudad. Para conmemorar la efeméride hoy se inaugura, en el Centro Municipal de La Arena, la exposición 'Muro de San Lorenzo, abrazo de mar. 1907-2007', una iniciativa impulsada y desarrollada por el historiador Héctor Blanco. La muestra será el reflejo de una historia que también quedará recogida en una publicación de la colección 'Memoria de Gijón'.
La poca fe de los gijoneses sobre el futuro del Muro quizás estaba marcada por el pasado: siglos de intentos de protegerse del Cantábrico y, ya en esa etapa, veinte años, los que fueron necesarios para poner de acuerdo a las partes implicadas y delimitar su trazado. Finalmente, el proyecto de Miguel García de la Cruz consiguió aunar intereses, hacerse con una partida presupuestaria de 2,3 millones de pesetas y convencer a todo el mundo de sus ventajas. El nuevo paredón venía a unirse con el viejo, construido en el siglo XVIII, en un punto exacto que aún hoy es visible. Exactamente, unos metros antes de la escalera 5, mirando al muro desde la playa. A la derecha, el viejo. A la izquierda, el nuevo ya centenario. Y es en la escalera 5 donde hoy también se descubrirá una placa conmemorativa.
Entonces, como ahora, los plazos de ejecución eran complicados de cumplir. El Muro de San Lorenzo contaba con 18 meses para erguirse y con dos fases. La primera, los 526 metros que hay entre el comienzo de las calles de Ezcurdia y Premio Real. Pero la obra, que había superado antes otros obstáculos, no pudo con el Cantábrico. Los continuos daños provocados por las mareas retrasaron mucho los trabajos y el verdadero impulso a las obras no llegó hasta 1912, el mismo año en que se optó por el cierre de pilastras cuadrangulares, que han mantenido el color blanco al menos desde hace medio siglo.
No importaban los retrasos. Los gijoneses no iban a esperar al final de las obras para escoger el lugar como escenario de una gran celebración: el 1 de octubre de 1913, el paseo se llenó iluminación y orquestas para conmemorar la visita a la ciudad de Rufo Rendueles. Y quedaban todavía algo menos de dos años para que la obra se diera por finalizada. Después llegaría el mobiliario público en el paseo. Y mucho después, en 1933, la construcción de la Escalerona, entonces Escalera Monumental de acceso a la playa. Y dos años después, la construcción de la actual escalera 3. El último ajuste para configurar el Muro que conocemos hoy, dos kilómetros que se han convertido en símbolo de la ciudad, se hizo en 1937, con la intervención en el Campo Valdés. Para entonces ya se habían derribado los balnearios y algunos edificios del frente marítimo.
Un lugar para pasear
Los gijoneses tenían ya un lugar donde pasear. Podían dejar de hacerlo sobre la arena, algo que sólo las mareas decidían cuándo era posible. Para ello había sido necesario salvar un nuevo obstáculo: convencer a los propietarios de suelo de los beneficios de perderlo en favor de un paseo para toda la ciudad. Eso fue posible a partir de 1914, cuando comenzó el relleno y construcción del paseo y la avenida, con nombre decidido años antes: Rufo García Rendueles.
Fueron necesarios muchos años, muchos cambios, muchas decisiones políticas, para hacer del Muro lo que hoy es: un espacio que, a pesar de lo que costó construir, se dejó 'morir' durante mucho tiempo. Hasta que llegó la remodelación integral, en 1992 y, diez años después, la esperada y necesaria rehabilitación de la Escalerona.
Y hoy, cien años después, el Muro afronta un nuevo reto: el plan integral que pretende 'limpiar' su fachada, corregir viejos errores e incluso pacificar el tráfico y devolver el paseo a aquellos para quienes fue concebido: los peatones.