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El consejero

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El consejero
C ONOCÍ a un conserje que para proclamar su autoridad repetía sin cesar que en ausencia del director él era allí el 'putu amu'. Con ello no hacía otra cosa que dejar la réplica preparada para que alguien añadiese: tú aquí eres una puta mierda. Y, claro, enseguida comenzaba la gresca a puñetazos. El consejero de Salud del Principado, cuya lengua Dios guarde muchos años, ofrece un titular el domingo pasado que seguro ha conseguido la respuesta inmediata de gran parte del personal sanitario. Dice el señor Quirós que «si no hacemos algo, el sistema sanitario corre el riesgo de quebrar». Y no faltará quien responda de inmediato que lo primero que tendría que haceres dimitir, o que lo dimitan de unas competencias que no es que amenacen con acabar en gresca, como el conserje de marras, porque la gresca ya hace tiempo que está armada. El señor consejero, al amenazar con que el sistema sanitario corre el riesgo de quebrar, se coloca en el punto de penalti para que, en estos tiempos en que el personal sueña con los disparos a puerta de Villa, se vea impelido a chutar, metafóricamente hablando, sobre el controvertido consejero. Hay dos fuerzas contrapuestas: la del consejero, que cree que el sistema sanitario tiene problemas, y la de los médicos, que creen que él es el principal problema.
Algo habrá que hacer para que el sistema sanitario no quiebre. Sé que no volverán aquellos tiempos, no tan lejanos, en que la medicina era un lujo burgués, y morirse, la costumbre del pueblo. No están tan lejanos los tiempos, no, en que pude ver, y los que conmigo iban, cómo bajaban a un niño puesto en unas parihuelas desde Bulnes hasta Carreña. Un poco más atrás, en muchos pueblos de Asturias, la vida o la muerte dependía de que no estuviera por medio una nevada, que quebrara toda esperanza de ponerse en contacto con el médico. Una esperanza de sumisión forzada, de aquel que nada posee, esperando que le solucionase sus males un médico competente, o un ganador de la guerra, que había puesto encima de la mesa su estrella de seis puntas y su pistola. De todo había, y fueron los muchos muertos silenciosos los sacrificados para llegar a tener una sanidad digna.
Y ahora nos viene el señor consejero de Salud amenazando con que el sistema sanitario corre el riesgo de quebrar. Y nos lo dice así, de sopetón, sin administrarnos previamente un tranquilizante.
Aprendí del maestro Manuel Alcántara, del cual admiro todo, menos sus gustos por el boxeo y la ginebra, que a cierta edad hay que aprender a mirar de frente a los ojos de la muerte. Por lo que a mí el consejero de Salud ya no me acojona, por más que se lo proponga. Pero mi vida, que ya no es mía, la veo en aquellos que me siguen y no conocieron los tiempos horribles de las penurias. Por ellos, por las sonrisas de esos niños que quiero, y de todos los niños de igual derecho, arréglelo, o váyase, consejero.

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