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Un extraño en el paraíso
M I amigo, que anduvo por aquí este verano y es hombre observador y dado a sacar conclusiones razonables, me lo dijo en Rodiles, la tarde de su despedida, mirando los eucaliptos que cubren gran parte del arenal:
-Me sorprende que se pueda llamar paraíso natural a un paisaje tan colonizado por especies totalmente ajenas a él.
Me lo dijo en un murmullo, como pidiendo perdón. Mi amigo no es un ecologista dogmático ni hace de la naturaleza primigenia su religión; simplemente constataba que otras regiones que no pretenden tenerse por paraísos habían sabido conservar mucho mejor su paisaje vegetal autóctono. Le hablé de Muniellos y de Peloño, pero movió la cabeza como quien rechaza un argumento por insuficiente, y tenía razón.
El bosque asturiano era un bosque mesófilo, atlántico y caducifolio, y como tal, exuberante en verano, deslumbrante de galas en otoño y desnudo en invierno. Así era cuando se componía sólo de los árboles que le eran propios: el haya, reina de todas las humedades del bosque; el carballo, símbolo popular de ilustre ciudad y orgulloso de su condición de ciudadano más longevo; el castaño, foráneo, pero tan antiguo que ya tiene carta de ciudadanía en Asturias; el fresno, amigo de los rayos y del agua; el aliso, dueño de las riberas; el abedul, el acebo, el sauce y tantos otros. Pero un mal año del siglo pasado alguien trajo de Australia la solución al problema de todos estos árboles: su lento crecimiento, en un caso, o la baja calidad de su madera, en otro, que los hacían ser poco rentables desde el punto de vista industrial.
Y así, nuestros montes, especialmente los costeros, se cubrieron de eucaliptos, que sobre todo a partir de 1940, y a impulso de la actividad entibadora en la mina y de las fábricas de celulosa de Torrelavega y Navia, se convirtieron en el elemento dominante del nuevo paisaje asturiano.
Luego resultó que en la mina no es bien visto porque, según parece, cede sin crujir como el roble antes de los derrumbamientos, y a las industrias papeleras, también según dicen, les resulta más barato importarlo de fuera. Pero siguen plantándose.
Para conocer un bosque se hace preciso abandonar los caminos y seguir las pistas que llevan a ninguna parte. Y así, pisando el sotobosque, tropezando con los estolones, respirando en los claros, esquivando las espineras, escaramujos y zarzales, pero sin volver la vista a la comodidad del camino, le es posible al visitante de ánimo bien dispuesto acercarse a aquella intimidad en la que forma cada día su hogar la tierra y donde se generan procesos que, querámoslo o no, han de afectarnos a todos.
Pero los eucaliptos no forman bosque, sino un conjunto de árboles, porque el bosque es generador de vida y en los eucaliptos ni siquiera anidan los pájaros. Al no caer las hojas no se forma humus; al permitir el paso del sol se seca la tierra; al suceder todo esto, el suelo se empobrece y se acidifica, y todo ello de forma irreversible.
No es precisamente el árbol del paraíso.

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