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Primeros y primeras
U N profesor mío en aquellos tiempos de historia sombría y malos recuerdos llegaba a clase con el 'Abc' debajo del brazo, lo abría por la tercera página y comenzaba a corregir un párrafo que, a su juicio, estaba lleno de disparates gramaticales. «Y esto lo firma fulano de tal, de la Real Academia; pero yo cuando tengo razón me río de la Real Academia y del súrsum corda que se me ponga por delante». Y acababa la soflama con mueca de desprecio proclamando su superioridad sobre aquellos que malentendían el idioma. Cincuenta años más tarde acabo de escuchar en la radio al profesor Pancracio Celdrán quejándose también de algunos desatinos de la Real Academia, pero éste no los atribuye a la incompetencia lingüística de la Docta Casa, como la solía nombrar Valle Inclán, sino a que los ilustrados miembros y alguna que otra 'miembra' que la componen doblan la cerviz ante lo políticamente correcto. Celdrán ponía como ejemplo la palabra modisto, aceptada por la RAE contra natura ante el uso común de los que no querían llamarse modistas, que es el término correcto aplicado a los que se dedican a trabajar lo relacionado con la moda, del mismo modo que los ebanistas trabajan el ébano y por añadidura otras maderas finas. Ni los oficios útiles, como callistas y maquinistas, ni los perniciosos como carteristas y sablistas han tenido duplicidad de género en el nuevo diccionario de la RAE, pero modistas sí, porque alguien se ha plegado al imperio del machismo y el feminismo rampante.
Tenía yo un cabo de galón amarillo en la 'mili' que, queriendo también modificar el lenguaje a su manera, le ofrecía una ostia al que le dijese mi primera en vez de mi primero. Llegaba un recluta de pueblo que conocía a un guardia civil que llevaba el mismo galón y al que llamaban cabo primera, y aplicando el mismo término en el cuartel de San Quintín le amenazaban con partirle la cara. El cabo Ananías, ante la insistencia de los quintos en equivocarse, en presencia de toda la compañía se bajó los pantalones para demostrarnos que él era un primero y no un primera. Efectivamente, según su criterio, poseía unos argumentos bien puestos para que nadie dudara del género. Meses después, cuando yo ya tenía cierta confianza con él, traté de convencerlo de que así se le decía porque él era cabo de primera, del mismo modo que yo era cabo de segunda, pero ni por ésas. Ahora que hay mujeres en el Ejército desconozco la denominación de los grados. No sé si hay primeros y primeras, sargentos y sargentas, y cabos y cabas.
Nos esperan tiempos tremendos, donde a las penurias económicas, las más importantes, qué duda cabe, se van a unir las penurias del lenguaje, exhortando a los trabajadores y a las trabajadoras, a los parados y a las paradas, a los compañeros y a las compañeras. Por otra parte, el lehendakari hará cuanto esté en su mano, ante la proximidad de las elecciones, por meter en el redil a los vascos y a las vascas. Y si se tercia y cumplen los sueños, a los navarros y a las navarras.

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