Las hermanas de la Caridad nunca habían visto tantas personas con «corbata y cazadora de cuero» en la cola de la Cocina Económica. Ni Cáritas había recibido tantas peticiones de ayuda y vales de alimentos. Hasta alguna familia ha pasado un recibo de la luz. Sus hijos la necesitan para estudiar y un corte de fluido rompería el ritmo. La pobreza ya no sólo es la de solemnidad, la de quienes piden una limosna en la calle. La crisis ha dado lugar a lo que muchas organizaciones ya han bautizado como 'nuevos pobres'. Los que antes de la recesión tenían una vida normal, su casa y hasta algún capricho, y que ahora padecen dificultades para llegar a fin de mes, ahogados por los recibos.
Oviedo no es ajena a esta nueva realidad, aunque en la región la influencia de la crisis se esté notando menos que en otras, como explica Adolfo Rivas, director de Cáritas Diocesana. Quizá responda a la existencia de tantos pensionistas de la minería y de empresas públicas que amortiguan la situación, según apunta la coordinadora de Cáritas Arciprestal, María José Carrión. Pero se nota. Las parroquias no dan abasto en dar respuesta a las peticiones de vales de alimentación y ayudas económicas. Más demanda que oferta, mientras la primera colecta del mes en las iglesias da para lo que da. No hay que olvidar que muchos feligreses no van a misa los domingos. En este sentido, la coordinadora apela a la colaboración en forma de donaciones de los ovetenses, «que siempre han sido muy solidarios» en situaciones difíciles.
Los más afectados por los agobios económicos son los inmigrantes, a veces con apuros para hacer frente a sus recibos y a la hipoteca, en situación de desempleo y, lo que es peor, «con miedo a no poder renovar los papeles y convertirse en ilegales» porque ya no hay contrato que les avale, explica Rivas. Por supuesto, también hay situaciones similares con españoles.
Evitar la exclusión
El gran temor de la organización católica es que estos colectivos más vulnerables acaben en la exclusión. «Cáritas apuesta por los comedores sociales, pero están más pensados para otro tipo de personas, los transeúntes y los sin hogar. Las que tienen una vida más normalizada nos gustaría que comieran en su casa», dice Rivas. Por eso, son partidarios de entregarles vales de alimentos para que la familia siga comiendo sin moverse de su salón. O de darles ayudas económicas para cuando el sueldo no llega o el paro se acaba. Y, por último, ofrecerles acompañamiento y asesoramiento legal para, por ejemplo, pedir el salario social al agotar las prestaciones por desempleo. Todo, para evitar que caigan en la marginalidad, de la que es tan difícil de salir como de un pozo sin cuerda.
Las parroquias asumen, en ocasiones, algún recibo o ayudas para pagar una mensualidad de la hipoteca. Pero, pese a las ayudas que da Cáritas, al final muchas de estas personas, de los nuevos pobres, acaban llegando a estos recursos sociales que no fueron pensados para ellos. Qué remedio les queda cuando, como explica María José Carrión, «se han quedado en la calle y han perdido el piso».
En el caso de los inmigrantes, después de años de bonanza económica en que no han accedido a empleos, se encuentran con que no abre ninguna de las puertas a las que ahora llaman en busca de uno.
Se enfrentan, además, a la competencia de los españoles, que se lanzan a por los trabajos que antes rechazaban. Luis Fernández Prieto, responsable de la empresa de limpieza Universal de Servicios S. L., dice que «antes, la mayoría de los que solicitaban empleo eran inmigrantes. Ahora son españoles. No paramos de recibir currículum». Y por lo que conoce, en hostelería pasa lo mismo. «Están cerrando negocios y se nota. La gente se agarra a lo que sea».